El católico aporta a la Historia (y cuando digo Historia en estas páginas, me refiero a la historia de la Cristiandad) un conocimiento propio, personal. De igual modo al que un hombre en el confesionario se acusa de lo que sabe sea cierto, y que sus semejantes son incapaces de juzgar, así el católico, hablando de la civilización europea en conjunto, si la censura, será por motivos y actos que son los suyos. Su crítica no es de justicia relativa; es de justicia absoluta. En manera similar a la del hombre que puede atestiguar en su favor, puede un católico atestiguar contra concepciones injustas, impertinentes e ignorantes de la historia de Europa; porque conoce el cómo y el porqué de su proceso. Los otros, los no católicos, consideran la Historia externamente, como extranjeros. Ellos, en su consideración, versarán sobre algo que se les presenta en forma parcial e inconexa, sólo a través de las apariencias; él, en cambio, lo ve todo desde el centro, en su esencia y en su totalidad.
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El católico aporta a la Historia (y cuando digo Historia en estas páginas, me refiero a la historia de la Cristiandad) un conocimiento propio, personal. De igual modo al que un hombre en el confesionario se acusa de lo que sabe sea cierto, y que sus semejantes son incapaces de juzgar, así el católico, hablando de la civilización europea en conjunto, si la censura, será por motivos y actos que son los suyos. Su crítica no es de justicia relativa; es de justicia absoluta. En manera similar a la del hombre que puede atestiguar en su favor, puede un católico atestiguar contra concepciones injustas, impertinentes e ignorantes de la historia de Europa; porque conoce el cómo y el porqué de su proceso. Los otros, los no católicos, consideran la Historia externamente, como extranjeros. Ellos, en su consideración, versarán sobre algo que se les presenta en forma parcial e inconexa, sólo a través de las apariencias; él, en cambio, lo ve todo desde el centro, en su esencia y en su totalidad.