La obra titulada El abandono en la Divina Providencia recopila las cartas que el sacerdote jesuita Jean-Pierre de Coussade (1675-1751) envió a las religiosas de la Visitación de Nancy, en el marco de la dirección espiritual. Esto explica el estilo vivaz y ameno del escrito, y permite disculpar las repeticiones que puedan encontrarse en él.
La admirable intuición que el autor desarroIla en estos intercambios se apoya en el cruce de dos ejes: el primero afirma que "el momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios"; el segundo nos advierte que "somos enseñados verdaderamente sólo por las palabras que Dios pronuncia expresamente para nosotros". El planteo es de una simplesa esclarecedora: Dios nos habla -a cada uno- en las concretas circunstancias que nos tocan vivir. La realidad es su voz. Nada más lejos de esta espiritualidad que la búsqueda de sucesos misticos extraordinarios: el valor de la fe se juega en el apego a lo cotidiano.
Por eso, abandono no es para el autor sinonimo de impotencia o debilidad, sino la confianza plena de quien en todo encuentra la presencia de Dios.
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La obra titulada El abandono en la Divina Providencia recopila las cartas que el sacerdote jesuita Jean-Pierre de Coussade (1675-1751) envió a las religiosas de la Visitación de Nancy, en el marco de la dirección espiritual. Esto explica el estilo vivaz y ameno del escrito, y permite disculpar las repeticiones que puedan encontrarse en él.
La admirable intuición que el autor desarroIla en estos intercambios se apoya en el cruce de dos ejes: el primero afirma que "el momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios"; el segundo nos advierte que "somos enseñados verdaderamente sólo por las palabras que Dios pronuncia expresamente para nosotros". El planteo es de una simplesa esclarecedora: Dios nos habla -a cada uno- en las concretas circunstancias que nos tocan vivir. La realidad es su voz. Nada más lejos de esta espiritualidad que la búsqueda de sucesos misticos extraordinarios: el valor de la fe se juega en el apego a lo cotidiano.
Por eso, abandono no es para el autor sinonimo de impotencia o debilidad, sino la confianza plena de quien en todo encuentra la presencia de Dios.